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viernes, 16 de noviembre de 2007

De la incoherencia de un debate público

Ayer, pudimos asisitir en Medialab Prado a las 19 horas, entre las mesas dedicadas a los grupos de trabajo del taller Visualizar, a la presentación del libro de Joaquín Rodríguez, Edición 2.0.
Apenas se habló del libro. Se mencionó, nada más. En seguida surgió un debate previsto entre 5 personas representantes del mundo editorial con opiniones relativamente diferentes, en torno a lo bueno o lo malo de lo digital en la edición, a lo bueno o a lo malo de los blogs y de la Wikipedia... Primero, no tenía ninguna relación con el Procomún, palabra que ni se pronunció, y segundo los términos del debate no tenían sentido en el espacio de Medialab Prado, donde están ya solucionados desde hace tiempo. Estabamos como asistiendo a una obra de Rodrigo García en el Teatro Pavón, o a una exposición de Velázquez en la Casa Encendida, y no se trata de dudar de la calidad de Rodrigo García, del Teatro Pavón, de Velázquez o de la Casa Encendida, sino de la incongurencia de su unión.
Pero lo que más sentí como desfase fue el formato de este encuentro. Un debate cerrado. Un debate público, pero privado, ¡un escaparate! ¡Un debate público donde el público no puede participar! Era bastante increíble que en un espacio en el cual se habla libremente con Agustin Garcia Calvo o Ignacio Sotelo, -ya que parece que hay que hablar de autoridades-, donde se trabaja en collaboración con Ben Fry, Santiago y Andrés Ortiz, o Julian Oliver, -ya que son otras autoridades-, nadie de estas 5 personas nos invitó a participar al debate.
La conferencia, que suele ser el formato de los jueves, es un formato tradicional que manifiesta la autoridad del que habla, en el sentido de que la presencia del público significa que se conciede al ponente cierta autoridad, prestigio. El asistente reconoce así que el ponente merece ser escuchado, aunque nunca impide cuestionar su opinión, de forma privada, o de forma pública, ya que siempre las conferencias están seguidas por una sesión de preguntas, comentarios, y debate, entre el ponente y el público. Si así se reconoce una partición del saber entre autoría y público, también se reconoce la posibilidad de hablar, de debatir entre iguales. En cambio, en el caso de ayer, se erigieron 5 personas como autoridades, cuya palabra se impuso como digna de ser escuchada y sobre todo incuestionable. Para mi, ninguna de las voces que escuché ayer suscitaron admiración, ni se les reconocí ninguna autoría en el campo que quería abarcar, (entre otras razones porque resultó muy corto y no pude saber lo que cada uno defendía). Además de autoproclamarse expertos nos proclamaron profanos. Creo realmente que ayer fue un momento torpe, poco entendible, y totalmente anacrónico.
Pero, a pesar de todo eso, me alegro, me alegro porque seguramente, hace poco tiempo, hubiera aceptado, aunque enojada y frustrada, esta manifestación de la elite desdeñosa y tradicional, porque no hubiera sabido que otro formato reinvendicar y que conceptos apelar. Pero unos meses después, después de haber seguido como usuaria la filosofía de Medialab Prado, y ahora como miembro del equipo, estoy capaz de rechazar estos formatos, sin verguenza ni furstración, porque sé por que otros formatos e ideas reemplazarlos. O sea que creo que estamos del lado de la construcción del futuro, allí justo donde se construye.

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