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viernes, 30 de noviembre de 2007

Los valores (de uso? de cambio?) de los bienes compartidos de naturaleza inmaterial

Ayer tuvo lugar en Medialab Prado una nueva sesión del Laboratorio del Procomún.

En esta ocasión, se abordó el tema de procomún y ecología, a través de la reflexión sobre el texto elaborado por Isidro López que ya presentamos en este blog con otro post hace pocos días.

Siguiendo la metodología de trabajo habitual, el encargado de realizar el comentario del texto fue Jordi Claramonte quien además, desde su óptica y trayectoria en los movimientos artísticos y sociales, puso sobre la mesa una pregunta a la que tarde o temprano todos los participantes del laboratorio se tenían que enfrentar.

Ante el tipo de situaciones descritas en esta y otras sesiones, en que vemos devastados los bienes naturales por la lógica de la “acumulación por desposesión” con que funciona el sistema capitalista (aportaciones conceptuales de Isidro López apoyándose en Harvey y otros):

¿Qué tipo de soluciones, entendidas como propuestas de gestión, se deben hacer?

Se trata de un problema de escalas:

¿Debemos elaborarlas únicamente en base a las experiencias locales de éxito o debemos ir más allá hacia el cuestionamiento radical de un sistema económico que genera modelos productivos depredadores del procomún?

Si no consideramos viables la soluciones fuera del capitalismo, ¿debemos apostar entonces por el llamado capitalismo cognitivo, 2.0 o hacker como posible solución? ¿Qué implicaciones tiene esto?

Estos interrogantes marcan, a mi modo de ver,- desde el punto de vista de una mediadora cultural que contempla estos procesos de construcción colectiva del conocimiento y que no puede dejar de verlos si no es desde su propia experiencia y subjetividad -, uno de los puntos de no retorno del debate actual.

Primero, porque se pone énfasis en la necesidad metodológica de integrar las visones macro y micro de los procesos, de examinar sus relaciones y complejidades, teniendo en cuenta la escala espaciotemporal así como la contextualización histórica y cultural de cada una de las experiencias, sin caer en la tentación de teorizar “en el aire” o en base a modelos no empíricos. Se trata de estudiar y documentar de esta manera, si es que se persigue el rigor. Realizar una especie de “etnografía” de los procomunes.

Segundo, porque no se obvia sino que se pone de manifiesto el posicionamiento político e ideológico con que se elabora, difunde y reinterpreta cada elaboración teórica (desde las tesis de Hardin sobre la tragedia de los comunes, hasta el neoliberalismo económico que ha leído o dejado de leer a Adam Smith). ¿Qué perseguimos, hacia dónde vamos, qué de radicales queremos ser, hasta dónde, por qué hasta allí, por quiénes?

Se trata de poner al descubierto, evidenciar y afinar los rasgos de otro tipo de contexto, el de la producción de conocimiento, nuestro conocimiento sobre el procomún generado desde el laboratorio. Bourdieu, Passeron y Chamboredon (El oficio de sociólogo), y en general los que aspiramos a que las sociales tengan verdaderamente el estatus de ciencias, pueden sentirse orgullosos de esto.

Para finalizar he aquí mi aportación:

¿A caso no funciona el capitalismo cognitivo con la misma lógica de acumulación por desposesión que el tradicionalmente conocido capitalismo de producción material?
Sólo dos ejemplos que dan que pensar:

Wikonomics”, todo un best-seller en la sección de gestión y economía.
En él los autores proponen a los nuevos y viejos emprendedores que apliquen adaptados a su empresa los modelos de producción colaborativa, así como otras aportaciones de la cultura 2.0.
Según ellos, esta es una gran receta para aumentar la productividad en nuestros tiempos.

En realidad supone un síntoma preocupante de cómo los agentes sociales protagonistas del capitalismo productivo se apropia de aquellas prácticas y discursos (cultura) que sirven a su fin de acumulación, eliminando toda carga política que representan simbólicamente esos conceptos, domésticándolos, quitando su carga de rebelión.

Por eso establece su propio sistema de clasificaciones y prefiere, por ejemplo, llamar a sus chicos “alejandrinos” (vinculados a la biblioteca de Alejandría, acumuladores de conocimiento centralizado al que sólo tenían acceso aquellos en posesión de la restringida ciudadanía grecorromana) en vez de usar el término “bibliotecarios” (de la Wikipedia, proyecto del que toma la idea original pero elimina su finalidad de ser libre, abierto, para el bien común) o el de “enciclopedistas” de Asimov (y su Fundación para salvar a la humanidad).

Otro ejemplo: Elpaisdigital se publicita como inventor del llamado Periodismo 2.0.
Olvida la existencia de proyectos como Indymedia y en general los periódicos, radios y televisiones comunitarias y alternativas, que hace ya muchos años que llevan poniendo en práctica la producción libre, crítica, democrática y participativa de información como una forma de contrarrestar el peso de los grandes monopolios empresariales de la comunicación, y que fueron los primeros en impulsar hasta las últimas consecuencias el siguente lema: “Todos somos comunicadores”.

Ojo con los valores y usos que le conceden al procomún que existe en la cultura 2.0, otros agentes sociales: pueden convertirlo en fuente de ingresos, o de legitimidad.

Clara

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